Un sendero serpentea casi reptando entre la vieja foresta. Presta atención, es difícil perderlo y adentrarse donde no pueden llegar siquiera los pálidos rayos de luna.
Pero es allí donde hay que ir, fuera del sendero. Fuera del camino, apartando el sucio follaje casi negro como esa noche. Cerca está ya, cerca de las piedras milenarias dejadas allí en el amanecer de los tiempos.
Aún conservan las runas grabadas de una lengua olvidada después de miles de ocasos. Runas en piedra, todavía guardaban su secreto poema nacido de las lágrimas. Esa noche brillaban saludando a quien se acerca, mostrando el final del sendero. Invitando a quedarse y compartir la noche a cambio de otra lágrima, a cambio de otra runa para grabar en la piedra.