
Comía la sopa con parsimonia, tanta que las últimas cucharadas estaban heladas. Fuera estaba lloviendo, debajo del empañado cristal se formaba una mancha de humedad que ya estaba empezando a arruinar el piso de madera, debería de arreglar esa ventana ya olía a moho en la cocina. Entre sorbo y sorbo dejaba la cuchara a medio camino en el aire y su mirada se perdía más allá, como si pudiera atravesar el tabique, la distancia y el tiempo, sobre todo el tiempo.
Ya ni se acordaba cuando ocurrió. Como un viajero siempre en busca de aventura, como un antiguo pirata ávido de oro. Siempre esperando encontrar... ¿Qué esperaba encontrar?
Difícil pregunta, aún más difícil la respuesta. Siguió con su mirada perdida, no se percató que el plato estaba vacío, llovía con más fuerza y la mancha del piso pasó a ser un charco.
Al fin se levantó de la silla, siempre erguido, siempre digno. Nada ni nadie habían conseguido jamás que bajara la vista y con la misma parsimonia con la que comía llevó la vajilla sucia hacia el fregadero, donde se acumulaban los platos de dos días atrás. Abrió el grifo y el agua llenaba la pila acompañada de un sonoro bufido procedente de unas cañerías que parecía se quejaran de entregar su agua.
Aun conservaba la imagen fresca en la memoria, para eso no existía ni tiempo ni distancia. Aquella imagen de una cabeza, un rostro sonriendo, asomada a la puerta y... una despedida, esta vez para siempre.
El timbre emitió un estridente gruñido...
Abrió la puerta y allí estaba, plantada en la puerta pero... era imposible... habían pasado tantos años... era imposible... para ella el tiempo se había parado.
Eduardo
Dark, te toca.
Jejeje, pues eso, que hace un poco acabo de llegar de darme una vuelta por Málaga. Me lo he pasado de miedo y bueno a veces ocurren cosas y aparecen anécdotas de la nada, cosas que sólo pueden pasar allí.
Siempre se daba con la misma pared, siempre el mismo obstáculo, era una barrera infranqueable. Se echaba para detrás, cogía impulso... siempre se quedaba a punto, pero nunca conseguía subir. A lo máximo que llegó fue a rozar con las yemas de sus dedos el borde.